Querido primo Teo:
“Las cosas no van bien”. Esta ha sido la frase que más se ha repetido a lo largo de la semana y lamentablemente esto no nos pilla por sorpresa. Desde que finalizó el Estado de Alarma hace ya dos meses, y tras esa desescalada que indudablemente fue precipitada porque había que volver a reiniciar al motor económico cada semana, está siendo peor que la anterior y en algunas zonas está siendo especialmente preocupante. Somos como un tren de alta velocidad descarrilándose a cámara lenta y ningún movimiento puede salvarnos de la catástrofe. Lo peor de todo esto es que mientras el país ha perdido completamente el control no hay nadie a los mandos y tampoco parece que preocupe demasiado, es lo que tiene que todo esto nos haya pasado con la canícula en donde lo que realmente toca es el chapuzón en la playa, el terraceo, darlo todo en los bares y las discotecas, los viajes a la costa o las fiestas improvisadas en los pueblos a falta de festejos oficiales, mejor esperar a Septiembre como quien se propone dejar de fumar o ponerse a dieta para afrontar una nueva etapa. Mientras tanto el inminente regreso a las aulas sigue siendo una incógnita porque a menos de un mes aún no hay un plan de actuación y las clases se suspendieron en Marzo, han tenido casi medio año por delante para diseñar una estrategia y no pasarle la pelota a las autonomías antes de profundizar en determinadas cuestiones para tranquilizar en la medida de lo posible a unos padres, alumnos, personal docente y administrativo que temen meterse en la boca del lobo y que las clases sean un nuevo foco de contagio. Somos una sociedad individualista e irresponsable, de distancias cortas, de compadreo y de juerga, de “un abrazo, amigo mío, que aquí no pasa nada” que vamos camino de una nueva situación de emergencia sanitaria nacional por esa idea tan extendida de que se está haciendo una montaña de una gripecilla, y no hace falta declararse negacionista ni acudir a una manifestación para pensarlo, solamente hay que observar lo que sucede a nuestro alrededor y no ver precisamente en TV las imágenes de playas abarrotadas, botellones en la calle o las celebraciones de los triunfos deportivos. Probablemente ese pasotismo forme parte de nuestro ADN y no se deba tanto a una clase política dominada por la mediocridad, ni a unos gestores de la crisis que juegan con los datos, ni a unos medios de comunicación más interesados en ser activistas que en ser informadores, lo único que me queda claro es que somos víctimas de una sociedad a la que no le ha interesado estar a la altura.