“La soga” (1948) narra el estrangulamiento de un inocente por dos individuos que aspiran a convertirse en el "superhombre" de Nietzsche, esto es, en aquel que es capaz de crear sus propios valores y no seguir al rebaño o aquel cuya inteligencia y voluntad le autorizan a saltarse las reglas que sólo valen para los débiles.
La película es, además, un alarde técnico y una violación flagrante de la ley más elemental del cine, la de que el cine es montaje, ya que la acción transcurre toda en un solo plano-secuencia. No hay ningún corte que interrumpa la acción, aunque como los rollos de cinta tenían una duración limitada, cada aproximadamente 10 minutos, el director hacía pasar a un personaje por delante del objetivo de la cámara para así poder fundir en negro, cortar y cambiar de rollo sin que se notara.
Esta cinta, basada en la obra teatral de Patrick Hamilton, es en la que por primera vez colaboran Hitchcock y Stewart. El actor nos aparece por primera vez en una venerable madurez, no ocultando sus canas ni su aire de maestro experimentado, precisamente en este caso como el ex profesor universitario de esos jóvenes que pretenden dar ese golpe de superioridad cerebral que para ellos es eliminar a un semejante.
A pesar de ser la estrella de la función (término muy adecuado teniendo en cuenta el origen y estética del film), Stewart sólo aparece en la segunda parte de la cinta como el profesor que plantea las dudas morales a los protagonistas y que finalmente descubre su atroz misión.
Con el tiempo, la película supondría el evidente cambio de registro que Jimmy supo dar. Fue su primera cinta realmente oscura (gracias a convertirse en “chico Hitchcock”) y con ella dejaba atrás su imagen de joven honrado y noble para dar paso a personajes más maduros y, en ocasiones, dotados de mucha más cerebralidad. “La soga” sería finalmente el punto de inflexión que asegura una carrera larga y heterogénea, sólo al alcance de los realmente grandes.
Sabemos que París no fue siempre la postal luminosa que el cine y la pintura han fijado en la memoria colectiva. Antes de los nenúfares de Monet y de los bailes al aire libre de Renoir, hubo una ciudad en demolición, atravesada por obras, humo, miseria y ruido. Ese es el París que explica el nacimiento del impresionismo y que el cine ha intentado reconstruir desde la emoción, a veces desde la idealización.
Título: "París en ruinas. Amor, guerra y el nacimiento del impresionismo"
El cine argentino continúa en días de luto con la muerte de Luis Puenzo a los 80 años, por siempre el director que le dio al país su primer Oscar. "La historia oficial" (1985) fue más que una película a la hora de mostrar la realidad de un país marcado por los últimos años de la dictadura argentina cuando, aquellos que prefirieron mirar a otro lado a pesar de las señales evidentes a su alrededor, se dan cuenta de la verdad que hay detrás de lo que se ha contado. Norma Aleandro brillaba como esa acomodada profesora de Historia que empieza a encajar las piezas de la vida que se ha construido a su alrededor como imagen de un país que, al fin, se quita la venda de los ojos ante las protestas y la lucha de las Madres de Plaza de Mayo por recuperar a sus hijos desaparecidos.
El detective inspector protagonista podría presentarse de esta manera: "Me llamo Thomas Lynley. Soy inspector del Departamento de Investigación Criminal de Scotland Yard y, aunque no lo busqué, también soy el conde de Asherton. Ese doble origen me acompaña siempre, incluso cuando intento olvidarlo. Vengo de una familia aristocrática instalada en Cornualles, con tierras, mayordomo y una tradición que pesa más que cualquier responsabilidad policial. Mi madre sigue viviendo en la casa familiar, rodeada de criados y rutinas que pertenecen a otro siglo, y mi hermano ha elegido quedarse allí, ligado a la tierra y a los caballos. Yo estudié Derecho para seguir la tradición familiar, pero me fascinó la criminología y defraudé a la familia. Mi educación ha sido exigente. He crecido rodeado de normas, de expectativas, de una idea clara de lo que se espera de alguien como yo. Eso y Oxford me han dado disciplina, pero también una cierta distancia emocional. No siempre sé cómo reaccionar fuera del trabajo. En una investigación todo tiene lógica. En la vida, no.
A los 86 años, y debido a las consecuencias de una caída doméstica, ha muerto el actor Luis Brandoni, carismática y emblemática figura del audiovisual argentino al que se pudo ver en clásicos como "La tregua" (1974) o "La Patagonia rebelde" (1974) pero también más recientemente en "Mi obra maestra" (2018), "El cuento de las comadrejas" (2019) o "La odisea de los giles" (2019). Su compromiso político le llevó a ser diputado nacional por el partido Unión Cívica Radical entre 1997 y 2001 y los que le conocieron destacan su pasión por el oficio y su vitalidad innata. Para Brandoni "se vive con la esperanza de ser un recuerdo" y desde luego, en su caso, el poso que deja para su público, sus compañeros y su arte no puede ser mejor.